Pero
Apichatpong va más allá del binomio documental-ficción,
y en su propósito de interpretar la realidad, se sirve, para
la representación, de otros medios no puramente cinematográficos.
Su utilización no es involuntaria, ni su orden de aparición,
arbitrario. En realidad, ensaya un estudio evolutivo condensado de
los medios de comunicación desde sus inicios, con la tradición
oral y textual (carteles e intertítulos), siguiendo por la
escenificación teatral, las formas sonoras (emisiones radiofónicas
y sonido telefónico) y finalmente las visuales (fragmentos
televisivos y documentales, y también el lenguaje de signos
para sordomudos). Mientras tanto, el relato iniciado por la mujer
ha ido complicándose y derivando por caminos sorprendentes
y confusos: el objeto misterioso se ha transmutado en niño,
que a su vez se convierte en un doble de la profesora. La historia
paralela de Dogfahr evoluciona hasta juntarse de nuevo con la primera,
y proseguir así por un itinerario de raptos y abandonos. El
origen poco a poco se va olvidando, y coincide gradualmente con la
incorporación de los nuevos medios de representación.
Y así como la línea del relato se pierde, la percepción
del espectador se rompe. En un momento dado, en un mensaje telefónico,
el nombre de la profesora, Dogfahr, es cambiado por el de Peaw, y
nosotros, estupefactos, empezamos a dudar de lo que vemos. ¿Se
trata realmente de la profesora o de la actriz que lo interpreta?
Poco a poco, comienzan a intercalarse imágenes de combates
de boxeo tailandés, de ciudades derruidas por la guerra o de
programas de televisión (irónicamente, de un reality
show). Hasta llegamos a ver cómo se filma la propia representación.
¿Qué es real de todo lo que estamos viendo? Cuanta más
información poseemos, extraída desde más puntos,
menos seguros estamos de su veracidad. La realidad ha quedado profanada.
La credibilidad de la imagen es puesta en tela de juicio, ha perdido
su condición de depositaria de la verdad. No olvidemos que
esa representación podría no ser una ficción,
nosotros sabemos que lo es porque hemos visto el proceso de invención
del relato sobre el que se sustenta, el documental ha dejado al descubierto
el artificio, pero si observásemos únicamente su representación
no podríamos afirmar si es verdad o mentira.
Y
es aquí donde entran en juego los distintos medios de comunicación
como manipuladores de la verdad. De esta forma, Apichatpong irrumpe
de lleno en otro de los más antiguos y polémicos debates
sobre la naturaleza del cine (documental o ficción, ya no importa):
su capacidad para falsear la realidad, o para mentir expresando la
verdad. O lo que es lo mismo, la facultad de convertir en realidad,
la mayor de las mentiras. El espectador es consciente de que la imagen
ha perdido su veracidad y se conforma entonces, con su verosimilitud.
Ya no importa la verdad sino creernos esa verdad que sabemos que es
falsa. Los medios actúan, entonces, como confirmadores de esa
realidad contaminada: vemos imágenes sobre la guerra extraídas
de un documental y por necesidad las creemos, un informe radiofónico
sitúa el relato en el final de la Segunda Guerra Mundial y
sin pararnos a comprobarlo, ya hemos enmarcado la historia en el tiempo.
Ya no se sabe qué es real y qué mentira, la realidad
que origina la historia se ha perdido, sólo queda su representación,
que es lo que se transmite y que es aceptado como realidad.
Sin embargo, la reflexión de Apichatpong no se queda ahí,
es doble. Si trasladamos el mismo concepto a la difusión de
la historia inventada, llegamos a conclusiones similares, y el estudio
de los medios de comunicación adquiere así, un significado
revelador, al mostrarnos el proceso de corrupción al que se
ve sometido el relato ficticio a lo largo del tiempo.
Llegados
a este punto, el director se pregunta si las historias transmitidas
durante generaciones son iguales a las que se originaron, y obtiene
la conclusión lógica de que lo más probable es
que su pureza se perdiese al ir pasando de boca en boca, de texto
en texto, en definitiva, de medio en medio. Las causas pueden ser
diversas: la fragilidad de la memoria, la diferente percepción
de cada receptor o incluso su manipulación expresa. Y al final
del proceso, el relato queda desdibujado, lo transmitido no es lo
original. Por el camino, ha ido siendo reinterpretado por cada receptor,
modernizándolo en cierto modo, adecuándolo al entorno
social en el que vive y que al mismo tiempo, ha influido en su propia
percepción. "Cuanto más intentaba hacerla volver,
más complicada se hacía la historia", ya advertía,
premonitorio, el serial radiofónico al comienzo del film. Y
al incluir todos los medios en un espacio de tiempo relativamente
corto, el relato pierde su pureza más rápidamente. La
degradación se ve acelerada con la inclusión del cine
y su hijo bastardo, la televisión, dos medios comunicativos
de más amplia difusión y por tanto, con más poder
contaminante.
La grandeza de Mysterious Object At Noon reside precisamente en este
proceso de abstracción. Por un lado, el director desarrolla
la noción de realidad y su representación, y por otro,
los mecanismos subjetivos de construcción del relato ficticio
y su transmisión. Y ambas se conectan, para reflexionar sobre
la propia credibilidad de la sociedad, sobre la aceptación
de la ficción como realidad. Por el camino ha desmontado las
tesis que sostienen la separación entre documental y cine de
ficción, ha puesto en cuestión la veracidad de la imagen
y ha realizado un inteligente análisis de la manipulación
a la que se ven sometidos los espectadores/receptores, por los medios
de comunicación.
Al
final del viaje, la historia está agotada. Hemos llegado al
mar, al sur del país, y el trayecto termina. Allí, los
niños de un colegio se agolpan soltando ideas inconexas sobre
extraterrestres, tigres y luchas a muerte con espadas mágicas,
aunque no tengan sentido o contradigan lo anterior. El origen del
relato y casi todo su desarrollo se ha perdido, la memoria colectiva
lo ha olvidado, la reinterpretación es total. Y la realidad
tal como la percibe la mente imaginativa de un niño es inexplicable
y fantasiosa, ya no es creíble. Por eso, la representación
se detiene y ya no seguirá más, no tendría sentido.
Antes de marcharse, la cámara da un último vistazo al
pueblo costero, como esperando algo. Durante varios minutos contemplamos
a los niños jugar, a los adultos en los bares y las calles
vacías. La realidad continúa y la cámara rastrea
una nueva historia. A mediodía (At Noon), reza el título.
Y nosotros, tan extrañados como el perro al que han atado un
cochecito de juguete, nos preguntamos a qué se refiere en realidad
el director con ese objeto misterioso. ¿Es esta una nueva historia
o la raíz de una ficción que comienza? Después
de todo lo visto, ¿no será la imagen ese objeto misterioso?
Apichatpong nos lo lleva diciendo desde el principio, y nosotros,
recelosos, dudamos.

