Finalmente
nos atrevemos a incluir en este grupo a la ganadora del Durián
de Oro, Summer Palace (Yihe Yuan, 2006), agresiva
propuesta de Lou Ye, por la cual ha sido sancionado a no poder rodar
una película en China durante los próximos cinco años.
Si Godard dijo una vez que "no había que hacer films políticos,
sino políticamente los films", Lou Ye viene acatando esta
afirmación desde su segunda película, Suzhou River
(Suzhou he, 2000) –vista en la retrospectiva de cine
chino-, construyendo firmes historias de amor arropadas por una poderosa
visión política de conjunto. Summer Palace
bebe de las influencias de cineastas de la Nouvelle Vague
y de herederos más o menos directos como Phillippe Garrel o
Bernardo Bertolucci, para reconstruir las tensiones sociales que sacudieron
China a finales de los '80 desde el punto de vista de un grupo de
jóvenes cuyo descubrimiento del cuerpo crece parejo a las notorias
discrepancias políticas con el régimen, que desembocaron
en la matanza de la plaza de Tiananmen. Como es habitual en el cine
de Lou Ye, la confusa atmósfera sociopolítica se sugiere
en torno a los amoríos de sus personajes, a sus reuniones sociales
y sexuales –rodadas sin remilgos y de forma abiertamente explícita-,
sobrecargados por la omnipresente voz en off, un montaje prolijo en
dilatadas elipsis, y la profusión de largos planos-secuencia,
dando como resultado un película a ratos errática, de
estructura un tanto deslavazada pero que refleja el desencanto y la
ausencia de objetivos vitales de una generación para la que
Mayo del '68 fue un modelo teórico que nunca llegó a
cristalizar en su praxis.
De género…
Con el paso de los
años, el BAFF se ha mostrado cada vez más renuente a
incluir en su programación títulos que adopten géneros
más tipificados como el terror, el thriller o la acción,
y cuando aparecen, bien suelen ser enviados a secciones secundarias
o bien pertenecen a algún nombre de prestigio que accede a
pisar otros terrenos. Esta edición sólo incluyó
un film de terror, The Wall Man (Kabe Otoko. Wataru
Hayakawa, 2006), que nos fue imposible ver. Sí en cambio tuvimos
la oportunidad de visionar dos propuestas que se acercan al noir desde
puntos de vista antagónicos.
En
primer lugar la coreana A Dirty Carnival (Biyeolhan geori.
Yoo Ha, 2006), una rocosa película de gangsters que parece
una versión adulta, optimizada y violenta del anterior trabajo
de su director, Once Upon a Time in High School (Maljukgeori
janhoksa, 2004). Comparada rápidamente con A Bittersweet
Life (Dalkomhan insaeng, 2005), A Dirty Carnival se
desentiende de la estilizadísima puesta en escena de Kim Jee-woon
para adoptar un estilo mucho más seco y epidérmico,
aparentemente tosco, en unos encuadres que sienten más el peso
de sus cuerpos. Al contrario que el frío y distanciado film
de Kim Jee-woon, aquí la deuda es contraída con las
humeantes ficciones mafiosas de Martin Scorsese, pero rechaza la hipérbole
en pos de un tratamiento cotidiano que intenta reflejar al gangster
de poca monta como un personaje desplazado y socialmente paria. A
Dirty Carnival plantea así un desarrollo por capas –el
joven que quiere escalar dentro de la empresa, un director de cine
que busca información real para rodar su primer largometraje…-
que se van entrelazando para otorgar densidad a una obra que finalmente
no explora al máximo todo lo que propone. Y es una pena porque
en esta ocasión posee todos los mimbres para hacerlo, pero
se detiene en el protocolo cuando serían las zonas muertas
las capaces de hacer trascender a la película.
En segundo lugar, To Get to Heaven First You Have to Die
(Bihisht faqat baroi murdagon, 2006), esperadísimo
trabajo del tayiko Djamshed Usmonov tras la importante Angel on
the Right (Fararishtay kifti rost, 2002), que tras un
arranque brioso y prometedor se difumina tanto como su recuerdo en
la memoria de quien suscribe estas líneas. Usmonov se acerca
de forma oblicua al género negro en una trama turbia que él
mismo pretende limpiar a través del rigor formal que acontece
en reforzada geometría del espacio, y de una depuración
estética más pronunciada que en su anterior largometraje.
Pensando en Bresson, fulmina el psicologismo de su protagonista, un
personaje al que convierte en modelo para así vaciar a su historia
de contenido y convertirla en metáfora de un proceso de madurez.
Pero Usmonov no es Bresson, ni siquiera es el Omirbaev de Killer
(Tueur à gages, 1998), y confunde rigor con demora,
quedándose en tierra de nadie entre la crónica social,
la sórdida subtrama genérica y el pánico existencial.
El resto…
Para el final hemos
dejado a un conjunto de largometrajes que, como en todo festival que
se precie, acuden por la puerta de atrás para tornarse sorpresas
o fracasos. Desde el pasado Cannes (¡!) nos llegó Sway
(Yureru. Miwa Nishikawa, 2006), temerosa película
japonesa que enfrenta a dos hermanos reunidos por la celebración
de un aniversario y separados posteriormente por un trágico
accidente, en un intento por explorar qué ocurre cuando nuestra
apacible vida es removida por las corrientes de un pasado que nunca
es enterrado. Pero Sway tiene un problema de identidad, o
peor aún, de honestidad, cuando decide abarcar dos frentes
para no perder espectadores: por un lado el interesante enfrentamiento
entre dos personajes que no son sino los anversos de una misma moneda,
y por otro un esqueleto argumental en forma de puzzle que quiere reservarse
su sorpresa hasta el final. Sway se edifica entonces sobre
una impostura que resta fuelle a lo que debería haber sido
el grueso del film. ¿Si se busca conmover por la primera vía,
para qué jugar con la farsa de la segunda cuando realmente
no eres un prestidigitador del cinematógrafo?
Tampoco entendimos demasiado bien lo que plantea Faces of a Fig
Tree (Ichijiku no kao. Kaori Momoi, 2006), una majadería
que hubiera encontrado su razón de ser siendo proyectada en
el Hall del CCCB. Pequeño juguete visual cuyo único
logro se asienta en su libertad estilística, capaz de aunar
una plasticidad al límite con un batiburillo de grandes angulares
y colorismo pop. En el dossier nos hablan de familias disfuncionales
y de comedia, pero uno no para de recordar al Miike de Visitor
Q (Bijitâ Q, 2001) o al de La felicidad de
los Katakuris (Katakuri-ke no kôfuku, 2001).
También
nos dicen que la realizadora fue directora de arte de muchas películas
de Seijun Suzuki, y nos lo creemos, pero su debut anda muy lejos del
espíritu iconoclasta e irreverente del otrora maestro del cine
nipón.
Temíamos finalmente la nueva película de Zhang Yang,
cuyos últimos varapalos artísticos –Sunflower
(Xiang ri kui, 2005) y el título que nos ocupa-
y su escalofriante conservadurismo obligan a replantearse los méritos
contraídos por La ducha (Xizao, 1999). En
Getting Home (Luo ye gui gen, 2007), un trabajador
debe atravesar China para proporcionar un entierro digno al cuerpo
de un compañero. Lo que en manos de otro realizador se hubiera
convertido en un fatigoso viaje que muestre las miserias del gigante
asiático, aquí es una agradable –por ausencia
de espinas- y cariñosa –por inofensiva- road-movie
convertida finalmente en una apología del sacrificio comunista.
No faltan gags graciosos y el conjunto avanza con soltura,
pero su tibieza y lo convencional de su desarrollo –no hay diferencias
palpables con un largometraje comercial de Hollywood- desactivan cualquier
intento de invectiva. Getting Home se alzó con el
Premio del Público…ya lo decía Gilles.