Ikkyu
tituló Antología de Nube Loca (Kyounshu) a
una recopilación de sus poemas. "Nube Loca" es uno
de sus seudónimos. En esa colección, y en las que le
sucedieron, hay poemas casi sin parangón sobre todo por haber
sido escritos por un monje zen, tanto en la poesía
china como en los otros exponentes de la poesía zen
del medievo japonés: poemas eróticos y poemas con secretos
de alcoba que lo dejan a uno completamente atónito. Procuró,
comiendo pescado, tomando alcohol y frecuentando mujeres, ir más
allá de las reglas y proscripciones del zen de su
tiempo, buscando liberarse de ellas. Así, al rebelarse contra
las formas religiosas establecidas, en una época de guerra
civil y derrumbe moral, buscó perseverar en el zen,
como renacimiento y afirmación de la esencia de la vida y de
la existencia humanas.
Su templo, el Daitokuji, en Murasakino (Kioto), sigue siendo uno
de los centros más destacados de la ceremonia del té.
Allí, en varios de los locales donde se la practica, se exhiben
originales caligráficos de Ikkyu. Yo incluso tengo dos ejemplares.
Uno de ellos consta de una sola línea: "Es fácil
entrar en el mundo de Buda. Es difícil entrar en el mundo del
demonio". Muy atraído por esta sentencia, la empleo frecuentemente
cuando me piden ejemplos de mi escritura autógrafa. Se puede
interpretar de diferentes maneras, tan buscadas como uno prefiera,
pero ese Ikkyu del zen me llega muy directamente cuando presenta
al mundo del demonio ligado con el mundo de Buda. Para el artista
que persigue la verdad, lo bueno y lo bello, es inexorable que se
exterioricen o se oculten el temor y la súplica en aquella
sentencia sobre el demonio. Sin el mundo del demonio no existe el
mundo de Buda. Es más difícil entrar en el mundo del
demonio: no es para débiles de espíritu.
Si
encuentras a un Buda, mátalo.
Si encuentras a un Patriarca, mátalo.
Éste es aforismo zen muy conocido. Dado que en el
budismo pueden distinguirse, en términos generales, las sectas
que creen en la salvación por la fe de aquellas que creen en
la salvación por los propios esfuerzos, cabe en el zen
una expresión tan rigurosa y severa como la enunciada, que
insiste en la posibilidad de salvación por los propios esfuerzos.
Por otro lado, entre los que sostienen la salvación por la
fe, encontramos sentencias como esta, de Shinran (1173-1262), fundador
de la secta Shin: "Los buenos renacerán en el paraíso,
¡y cuánto más ocurrirá con los malos!"
Este tipo de expresiones tiene algo en común con el mundo de
Buda y el mundo del demonio de Ikkyu, a pesar de lo cual ambas guardan,
en el fondo, inclinaciones diferentes. Shinran también dijo:
"No aceptaré ni un solo discípulo".
"Si encuentras a un Buda, mátalo. Si encuentras a un
Patriarca, mátalo". "No aceptaré ni un solo
discípulo". Tal vez, en estas dos sentencias esté
el riguroso destino del arte.
En el zen no existe el culto mediante imágenes. Sin
embargo, el templo zen tiene estatuas budistas; pero en los
recintos reservados para la meditación no hay imágenes
ni pinturas budistas, como tampoco escrituras. Es discípulo
zen permanece durante horas sentado, inmóvil y silencioso,
con los ojos cerrados. Pronto llega a un estado de impasibilidad,
sin nada en qué pensar, sin nada que evocar. Va borrando su
yo, hasta alcanzar la nada. Ésta no es la nada ni el vacío,
según el concepto occidental. Por el contrario, es un cosmos
espiritual donde todo se intercomunica, trascendiendo fronteras, sin
límites espaciales ni temporales. Es propio del zen que
el maestro conduzca al discípulo hacia mayores niveles de esclarecimiento
y sabiduría por medio del sistema de preguntas y respuestas,
y mediante el estudio de los textos clásicos del zen.
El discípulo, sin embargo, debe siempre ser dueño de
sus pensamientos, y alcanzar la iluminación por sus propios
esfuerzos. El énfasis recae menos en el razonamiento y la argumentación
que en la intuición y el sentimiento inmediato. La iluminación
no proviene de la enseñanza, sino de la visión interior.
La verdad está en "la escritura no escrita", está
"fuera de las palabras". Así, encontramos aquello
de "silencioso como un trueno" en el Sutra de Vimalakirti
Mirdésa.
Cuenta
la tradición que Bodhidharma príncipe del sur de la
India, quien vivió alrededor del siglo VI e introdujo el zen
en China permaneció sentado durante nueve años en silencio,
vuelto hacia la pared rocosa de una caverna, meditando, para alcanzar
finalmente la iluminación. La práctica zen
de meditar sentado y en silencio proviene de Bodhidharma.
He aquí dos poemas religiosos de Ikkyu:
Bodhidharma,
que contestas si te pregunto,
y no contestas si no te pregunto:
¿qué hay dentro de tu corazón?
¿Y qué es el corazón?
Es el sonido de la brisa entre los pinos
dibujado allí en una pintura.
Éste es el espíritu de la pintura oriental. Sus características
esenciales son la organización del espacio, el trazo simplificado,
lo que queda sin dibujar. Para decirlo con las palabras del pintor
chino Chin Nung: "Si pintas bien la rama, el viento tendrá
voz". Y el monje Dogen, a quien cito una vez más, escribió:
¿No es posible reconocer
el camino de la iluminación
mediante la voz del bambú?
¿y alegrar el corazón
con la flor del durazno?
Sen'o Ikenobo, un maestro del arreglo floral, dijo una vez (la observación
se puede hallar en sus "enseñanzas secretas"): "Con
una rama florida y con un poco de agua, uno representa la vastedad
de ríos y montañas. Al instante, todas las delicias
afloran en profusión. Realmente, parece el hechizo de un mago".
El jardín japonés también simboliza la vastedad
de la naturaleza. Mientras el jardín occidental tiende a ser
simétrico, el jardín japonés es asimétrico,
porque lo asimétrico tiene mayor fuerza para simbolizar lo
múltiple y lo vasto. Esta asimetría, desde luego, se
apoya en el equilibrio impuesto por la delicada sensibilidad del hombre
japonés. De allí que nada sea tan complicado, variado,
atento al detalle, como el arte de la jardinería japonesa.
Así, existe la forma llamada kazansui (paisaje seco),
compuesta enteramente por rocas, cuyo arreglo evoca montañas
y ríos, e incluso sugiere al oleaje del océano rompiéndose
contra los acantilados. En su mínima expresión, el jardín
japonés se convierte en bonsai (jardín enano)
o en bonseki (su versión seca).
La
palabra sansui, que literalmente significa "montaña-agua",
designa el concepto global de paisaje, incluyendo las nociones de
pintura paisajista y de jardinería, con connotaciones de lo
triste, árido y mísero.
En la ceremonia del té late ese espíritu resumido en
los preceptos de armonía, reverencia, pureza y tranquilidad,
que encierran una gran riqueza espiritual. La sala donde se practica
la ceremonia del té, tan severamente simple y sencilla, implica
una extensión ilimitada y la máxima elegancia.
Una sola flor deslumbra
más que cien flores. Rikyu enseñó que no se deben
emplear flores que hayan florecido totalmente. En el recinto para
la ceremonia del té, aún hoy en día, la práctica
generalizada es colocar una sola flor, y en pimpollo. En invierno,
se prefiere una flor de estación, por ejemplo, la camelia,
que lleva el nombre de "joya blanca" o wabisuke,
que se podría traducir literalmente como "compañera
en la soledad". Se eligen entre las camelias las variedades de
menor tamaño, las más blancas, y en pimpollo. El blanco,
que parece incoloro, además de resultar el color más
puro, contiene en sí a todos los demás. Siempre debe
haber rocío en ese pimpollo, humedecido apenas con unas gotas
de agua.
En
mayo se realiza el más espléndido de los arreglos para
la ceremonia del té: se coloca una peonía en un celadón
verde-azulado; un simple pimpollo de peonía con rocío.
No solamente hay gotitas sobre la flor, sino también sobre
el celadón.