Si ustedes buscan extravagancias de colores, escaparates llameantes y linternas deslumbradoras, no encontrarán ninguna de estas cosas en las angostas calles empedradas de Nagasaki. Pero si lo que desean son detalles de construcción de casas, vistas de limpieza perfecta, un gusto exquisito y la perfecta subordinación del objeto elaborado a las necesidades de su constructor, encontrarán todo lo que buscan y aún más. Todos los tejados, tanto los de tablas como los de tejas, tienen el color mate del plomo, y todas las fachadas son del color que Dios dio a la madera. No hay humos ni brumas y, a la clara luz de un cielo nuboso, podía ver las más angostas callejas como el interior de un gabinete.

Hace tiempo que los libros les han contado cómo está construida una casa japonesa, sobre todo con pantallas deslizantes y mamparas de papel, y todo el mundo conoce la historia del ladrón de Tokyo que robaba con unas tijeras a modo de ganzúa y barrena y que robó los pantalones del cónsul. Pero todo lo que se ha impreso no podrá hacerles comprender el acabado exquisito de una vivienda en la que se podría entrar de un puntapié y que podría reducirse a astillas a puñetazos. Contemplemos la tienda de un bunnia [4]. Vende arroz, chile, pescado seco y cucharas de madera hechas de bambú. La parte frontal de su tienda es muy sólida. Está hecha de tablillas de media pulgada clavadas de costado. Ninguna de ellas está rota, y cada una de ellas es perfectamente cuadrada. Avergonzado de esa ruda fortificación, llena la mitad de la fachada con papel aceitado tendido en marcos de un cuarto de pulgada. Ni uno solo de los cuadrados de papel aceitado tiene ningún agujero, y ninguno de los cuadros, que en países más incivilizados llevarían vidrio si fuesen lo bastante fuertes, se sale de la alineación. Y el bunnia, vestido con un camisón y calzado con gruesos calcetines, está sentado al fondo, no entre sus mercancías, en una estera de suave paja de arroz de color oro pálido con una tira negra en los bordes. Esta estera tiene dos pulgadas de grosor, tres pies de ancho y seis de largo. Uno podría, en el caso de ser tan cerdo como para hacerlo, comer la cena sobre cualquier porción de esa estera. El bunnia descansa, rodeando con su brazo azul enguatado un gran brasero de bronce batido en el que se delinea vagamente, en líneas incisas, un terribilísimo dragón. El brasero está lleno de ceniza de carbón, pero no hay ceniza en la estera. Al alcance de la mano del bunnia hay una bolsa de cuero verde atada con un cordoncillo de seda rojo, que contiene tabaco cortado tan fino como las fibras de algodón. El bunnia llena una larga pipa lacada, roja y negra, la enciende con el carbón del brasero, toma dos bocanadas, y la pipa se vacía. La estera sigue inmaculada. Detrás del bunnia hay un biombo de cuentas y bambú que vela una habitación de suelo oro pálido, techada con paneles de cedro granoso. En la habitación no hay nada más que una manta rojo sangre extendida tan lisa como una hoja de papel. Más allá de la habitación hay un pasillo de madera pulida, tan pulida que devuelve los reflejos de la pared de papel blanco. Al extremo del pasillo, claramente visible tan sólo para ese bunnia particular, hay un pino enano, de dos pies de alto, en una maceta barnizada de verde y, a su lado, una rama de azalea, rojo sangre como la manta, plantada en un tiesto agrietado de color gris pálido. El bunnia la ha puesto ahí para su propio placer, para deleite de sus ojos, porque le gusta. El hombre blanco no tiene nada que ver con sus gustos, y mantiene su casa inmaculadamente pura porque le gusta la limpieza y sabe que es artística. ¿Qué podemos decirle a ese bunnia?

Quizá su hermano vive al norte de la India detrás de una fachada de madera tosca ennegrecida por el tiempo, pero... no creo que cuide otras plantas que tulsis en una maceta, y eso tan sólo para complacer a los dioses y a las mujeres de su familia.

No comparemos a esos dos hombres; sigamos paseando por Nagasaki.

Exceptuando a los horribles policías que insisten en ser continentales, la gente, la gente común, no anda tras las impropias vestiduras de Occidente. Los jóvenes llevan sombreros redondos de fieltro, a veces chalecos y pantalones, y semiocasionalmente zapatos. Todo eso es despreciable. Dicen que en las ciudades más metropolitanas la ropa occidental es más bien la regla que la excepción. Si eso es cierto, estoy inclinado a creer que los pecados que cometieron sus antepasados cuando convirtieron en bistecs a los misioneros jesuitas han sido castigados en los japoneses en forma de un oscurecimiento parcial de sus instintos artísticos. Claro que el castigo parece excesivo en proporción a la falta.

Pasé luego a admirar el frescor de las mejillas de la gente, las sonrisas de tres hoyuelos de los bebés gordezuelos y el extraordinario carácter «ajeno» de todo lo que me rodeaba. Es extraño encontrarse en una tierra limpia, y todavía más extraño pasear entre casas de muñecas. El Japón es un país gratificador para un hombre bajito. Nadie lo abruma a fuerza de estatura, y mira desde arriba a todas las mujeres, como es justo y conveniente. Un comerciante de curiosidades se dobló por la mitad sobre la estera de su puerta, y entré, experimentando por primera vez la sensación de ser un bárbaro y no un auténtico Sahib. El lodo callejero formaba costra en mis zapatos, y él, el propietario inmaculado, me pidió que pasara sobre un suelo pulido y esteras blancas hasta un cuarto interior. Me trajo esterillas para los pies, lo cual aún empeoró las cosas, ya que una linda muchacha luchaba contra la risa, detrás de la mampara, mientras yo me esforzaba por calzármelas. Los tenderos japoneses no deberían ser tan limpios. Entré en un pasillo de tablas de unos dos pies de ancho, encontré una joya de jardín de árboles enanos que ocupaba la mitad de la superficie de una pista de tenis, me di un cabezazo contra un frágil dintel, y llegué a un recinto primoroso de cuatro paredes donde, involuntanamente, bajé la voz. ¿Recuerdan Cuckoo Clock, de Mrs. Molesworth [5], y el gran gabinete en el que entró Griselda con el cuco? Yo no era Griselda, pero mi amigo de voz grave, envuelto en sus largos ropajes suaves, sí era el cuco, y el cuarto era el gabinete. De nuevo intenté consolarme pensando que podía hacer añicos la casa entera a patada limpia; pero eso sólo hizo que me sintiera grandote, tosco y sucio; y es ése un modo de sentirse muy poco favorable para regatear. El hombre-cuco hizo traer té pálido, justo ese té del que se habla en los libros de viajes, y el té completó mi turbación. Lo que quería decir era: «Mire usted. Es usted demasiado limpio y refinado para esta vida en la tierra, y su casa no es adecuada para que viva en ella un hombre hasta haber aprendido un montón de cosas que nunca me han enseñado. En consecuencia, le odio porque me siento inferior a usted y porque me desprecia, y desprecia mis zapatos, porque sabe que soy un salvaje. Déjeme marchar o le pondré por sombrero su casa de madera de cedro.» Lo que realmente dije fue: «Oh, ah, sí. Realmente precioso, todo esto. Un modo realmente curioso de hacer negocios.»

 

[4] Mercader. Término indio. (N. del T.)

[5] Mary Louisa Molesworth (1839-1921) se hizo muy popular con sus libros infantiles. Cuckoo Clock («El reloj de cuco»), una de sus historias más famosas, de tema fantástico, se publicó en 1877. (N. del T.)

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