El hombre-cuco resultó ser un tremendo extorsionador; pero me sentí acalorado e incómodo hasta que volví a encontrarme fuera de allí y fui de nuevo un británico pisoteador de lodo. Ustedes no se han metido nunca, por inadvertencia, en un gabinete de trescientos dólares, de modo que no me comprenderán.

Llegamos al pie de una colina, como si dijéramos la colina en la que se encuentra la Shway Dagon [6], y por ella subía una imponente escalera de peldaños grises, oscurecidos por el tiempo, jalonada aquí y allí por torii monolíticos. Todo el mundo sabe qué es un torii. Los hay en el sur de la India. Un gran rey toma nota del sitio donde quiere construir un arco enorme pero, siendo un rey, lo hace en piedra, no en tinta: dibuja en el aire dos radios y un travesaño, de una altura de cuarenta o sesenta pies y una anchura de veinte o treinta. En el sur de la India el travesaño está encorvado en el centro. En el Lejano Oriente es flameante en sus extremos. Esta definición no se ajusta mucho a lo que dicen los libros, pero aquél que se ponga a consultar libros en un nuevo país está perdido. Por encima de los peldaños colgaban pesados pinos azul verdoso o verde negruzco, viejos, retorcidos y abollados. El follaje de la ladera era de un verde más pálido, pero los pinos daban la clave del color, con el que armonizaban las ropas azules de las pocas personas que había en la escalera. No había sol en la atmósfera, pero puedo jurar que el brillo del sol lo hubiera estropeado todo. Subimos durante cinco minutos, yo, el Profesor [7] y la cámara fotográfica, y luego, volviéndonos, vimos los tejados de Nagasaki extendidos a nuestros pies: un mar de plomo de color pardo mate con salpicaduras rosa crema, aquí y allí, que indicaban el florecer de los cerezos. Las colinas, alrededor de la ciudad, estaban moteadas por sitios de reposo de los muertos, con bosquecillos de pinos y bambúes plumosos.

- iQué país! -dijo el Profesor, preparando su cámara-. No sé si se habrá dado cuenta, pero allí donde vayamos siempre hay alguien que sabe cómo hay que llevar mis cosas. El cochero del ghari, en Moulmein, me puso a mano los filtros fotográficos; aquel hombre de Penang también sabía cómo iba la cosa; y el culi del rickshaw ya había visto cámaras fotográficas. Es curioso, ¿verdad?

- Profesor -dije-, eso se debe a la extraordinaria circunstancia de que no somos los únicos habitantes de la tierra. Empecé a comprenderlo en Hong-Kong. Ahora, la cosa, va haciéndose cada vez más clara. No me sorprendería si, a fin de cuentas, resultásemos ser personas corrientes.

Entramos en un patio donde un caballo de bronce de aire malévolo miraba fijamente a dos leones de piedra y donde una multitud de niños parloteaban entre sí. Acerca del caballo de bronce hay una leyenda que puede encontrarse en las guías de viaje. Pero la auténtica y verdadera historia del animal es que fue realizado, hace mucho tiempo, con marfil fósil de Siberia, por un Prometeo japonés, y que cobró vida y tuvo muchos potrillos cuyos descendientes se parecen muchísimo a su padre. El curso de los años ha eliminado casi por completo el marfil en la sangre, pero aflora todavía en las crines y las colas cremosas; y la gruesa barriga y las maravillosas manos del caballo de bronce siguen encontrándose, incluso hoy, entre los caballitos de tiro de Nagasaki, que transportan albardas adornadas con terciopelo y tela roja, que llevan zapatos de hierba en los pies, y a los que se hace parecer caballos de pantomima.

No pudimos ir más lejos de ese patio porque había un letrero que decía: «Prohibida la entrada», de modo que todo lo que vimos del templo fueron altos tejados de barda ennegrecida sucediéndose en olas y ondulaciones hasta perderse entre el follaje. Los japoneses pueden jugar con la barda como otros juegan con arcilla de modelar; pero es un misterio, a ojos del lego, el que sus ligeras columnas puedan soportar el peso del techo.

Bajamos la escalera para almorzar y, entretanto, fue formándose en mi corazón una decisión a medias. Birmania era un sitio realmente encantador, pero allí comían gnapi, y había olores, y, a fin de cuentas, las muchachas no eran tan lindas como otras...

- Han de quitarse los zapatos -dijo Y-Tokai.

Les aseguro que no hay dignidad en el hecho de sentarse en los peldaños de una casa de té y quitarse con esfuerzo unos zapatos fangosos. Y es imposible resultar fino cuando uno anda con calcetines sobre un suelo pulido como un espejo y una muchacha primorosa le pregunta a uno dónde quiere comer. Si pasan por esa situación, lleven por lo menos un par de bonitas zapatillas. Que sean de piel de sambhur bordada, o de seda si lo prefieren, pero no se queden ahí, como yo, con unas cosas pardas a rayas con un zurcido en el talón, intentando hablar con una geisha.

Nos condujeron (eran tres, todas ellas frescas y bonitas) a una habitación amueblada con una piel de oso de color marrón dorado. El tokonoma, saloncillo privado, contenía una pintura enrollable con murciélagos revoloteando a la luz del crepúsculo, una maceta de bambú florido, y flores amarillas. El techo era de madera artesonada, con la excepción de una franja, en el lado más cercano a la ventana, que estaba hecha de virutas de cedro trenzadas y separada del resto del techo por un bambú marrón vino tan pulido que se hubiera dicho lacado. Un toque con la mano proyectó hacia atrás todo un lado de la habitación, y entramos en una sala realmente grande con otro tokonoma enmarcado, de un lado, por ocho o diez pies de una madera desconocida y, por arriba, por una rama de árbol no descortezada, de grano parecido al de un «abogado de Penang» [8], colocada allí simplemente porque estaba curiosamente moteada. En ese segundo tokonoma había un jarrón gris perla, y nada más. Dos de los lados de la habitación eran de papel aceitado, y las junturas de las vigas estaban cubiertas por imágenes en bronce de cangrejos a mitad del tamaño natural. Excepto el umbral del tokonoma, que era de laca negra, cada pulgada de madera tenía su grano natural intachable. Fuera estaba el jardín, orlado por un seto de pinos enanos y adornado por un menudo estanque, por cantos rodados hincados en el suelo y por un cerezo en flor.

 

[6] Pagoda de Birmania. (N. del T.)

[7] El Profesor es una personaje ficticio que Kipling utiliza para desdoblarse, dialogar consigo mismo y contradecirse. (N. del T.)

[8] Se daba este nombre a una clase de bastón de paseo tan macízo que podía servir de arma defensiva. (N. del T.)

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