La aportación
de Park Chan-wook, titulada convenientemente N.E.P.A.L. (Never
ending peace and love) pasar por ser, sin embargo, el eslabón
más débil de la cadena. Parte de la recreación
de un caso verídico de una inmigrante nepalí que tras
ser retenida durante varios años en un hospital psiquiátrico
surcoreano, regresa a su país natal. Chan-wook hace uso del
plano subjetivo como figura retórica casi omnipresente para
desgranar las vivencias del inmigrante en un ámbito extraño,
con el objetivo de poner al espectador en la piel del discriminado.
Sin embargo, el elemento dramático choca frontalmente con el
humor negro que el realizador insufla en la narración, convirtiéndose
su historia en un lodazal plagado de personajes grotescos y exagerados
que no concuerdan con el tono realista y cuasi documental que desprende
por momentos el relato. Incluso, se antoja esquemático y poco
convincente su retrato del fenómeno migratorio, ensuciado aún
más a causa de un final complaciente y aleccionador. Un ligero
traspiés a la hora de abordar una temática abiertamente
social, algo que había logrado con creces y de manera más
brillante en su anterior película, esta vez revestido bajo
la temática de una venganza.
4. La trilogía de la venganza + Cut
4.1 Sympathy for Mr. Vengeance: la lucha de
clases según Park Chan-wook
En
una entrevista aparecida en la edición francesa en dvd de Sympathy
for Mr. Vengeance (Boksuneun naui geot, 2002), Park Chan-wook
afirmaba que "cuando escribí el guión de "Sympathy
for Mr. Vengeance" nadie quería financiarlo, pero tras
el éxito de "JSA", todos los productores coreanos
querían trabajar conmigo". De esta manera, se impulsa
un guión combativo y polémico, que incluso puso en duda
a los propios inversores del film, dada la poca fiabilidad comercial
que desprendía. De hecho, Sympathy for Mr. Vengeance
supone un notable fracaso económico, sobre todo por las expectativas
levantadas tras JSA, que hacía que el público
esperara otro producto mainstream. Su marcado carácter
social, así como su aire pesimista, donde no hay lugar para
la redención o para la salvación de los débiles,
la convierte en un trabajo marginal para la taquilla e incluso es
defenestrado por un sector de la crítica, calificándola
como excesivamente violenta y como una apología del "ojo
por ojo". Pero una mirada libre y sin falsas poses, nos deja
entrever el trabajo más compacto de su realizador.
Sympathy for
Mr. Vengeance es, probablemente, el largometraje más reflexivo
de Park Chan-wook, ayudado por el carácter contemplativo de
la narración. La carga psicológica de los personajes,
sugerida como los grandes maestros, en base a los gestos, las miradas
y la relación con el espacio, incitan al espectador a meditar
acerca de la base del film, la sempiterna lucha de clases. Si en Joint
Security Area, los encuentros furtivos entre los soldados de
ambas Coreas devienen en una imposibilidad de la convivencia pacífica
debido a intereses "superiores", en Sympathy for Mr.
Vengeance será la pertenencia a una clase social la que
marcará el aciago destino de sus protagonistas. La construcción
de ellos es ejemplar en este sentido; Ryu (Shin Ha-kyun), un joven
sordomudo que debe abandonar sus estudios universitarios tras la grave
enfermedad de su hermana, viéndose obligado a trabajar duramente
para costear un trasplante de riñón para ella, se define
como un auténtico "outsider", producto de
una sociedad en la que malvive y que terminará tomando parte
en una situación que roza el surrealismo trágico. La
penosa situación económica que le obliga a acudir a
traficantes de órganos que terminarán por engañarlo,
es utilizada por Park Chan-wook y el resto de guionistas para cargar
contra diversos estamentos, desde las deficiencias de la sanidad pública
a la explotación laboral –reflejada mediante esos largos
planos estáticos de la fábrica donde trabaja Ryu, y
el significativo travelling en retroceso que acompaña a la
lánguida salida de los trabajadores, retratando las miradas
cansadas y el hastío vivencial que profesan-, pasando por la
impunidad con la que actúan dichas organizaciones ilegales,
o incluso su explícita denuncia a los grandes conglomerados
a través de la novia del protagonista, perteneciente a una
imaginaria organización anarquista. La larga lista de infortunios
casi kafkianos motivará a Ryu a secuestrar a la hija
de su ex-jefe, decisión que llevará a su hermana enferma
al suicidio una vez ya cobrado el rescate. El entierro de ésta
en un lago frecuentado por ambos en su niñez, desembocará
en la fortuita muerte de la niña, que propiciará la
introducción en el relato de su padre, Park Dong-jin, el Otro
vengador del film.
Al
igual que en sus sucesivos largometrajes que giran alrededor de la
temática vengativa, en Sympathy for Mr. Vengeance
nos hallamos ante una venganza aparente que luego se diluye en contraste
con otra aún más poderosa, que guiará el resultado
del film. En este caso, el personaje magistralmente interpretado por
Song Kang-ho actúa a modo de contrapunto de Ryu, convirtiéndose
en un feroz merodeador que no se detendrá hasta darle caza,
culpabilizándole de la muerte de su hija. Chan-wook lo dota
de una serie de matices que hacen posible la empatía hacia
él, pero no hacia sus actos, un hombre que ha trabajado duro
para alcanzar su posición, pero que termina comprendiendo como
las diferencias clasistas son insalvables –el momento en el
que Dong-jin acude a casa de su antiguo chofer, despedido por él
y al que creía culpable del secuestro, donde descubre que toda
la familia se ha suicidado; el acto de automutilación que ejecuta
un ex-empleado suyo frente a su coche, realizándose severos
cortes en el abdomen en presencia de la hija de Dong-jin-. A propósito
de esta doble empatía, el propio Park Chan-wook comentaba que
"los espectadores que están ya de parte del criminal,
comienzan a tener piedad del padre al mismo tiempo. En consecuencia,
se sienten perdidos y no saben realmente de que lado estar".
La
puesta en escena en Sympathy for Mr. Vengeance huye de excesos
formales y radicales movimientos de cámara. Park Chan-wook
se transforma en un inesperado meteur-en-scéne, adoptando
un tono minimalista, ecuánime, y nada enfático, decantándose
por el trabajo con los espacios aprovechando la amplitud que le concede
de nuevo el formato scope, a través de unos encuadres
cuya desnudez nos recuerda que su protagonista es también un
ser desnudo ante el mundo, dada su incapacidad para comunicarse. La
ausencia de banda sonora, la fotografía en base a tonos grises
y sepia, acompañan a unos dilatados tiempos muertos que solo
parecen romperse por la irrupción de súbitos estallidos
de violencia, cargada de un crudeza que se mueve entre la ejercida
por los yakuzas del cine de Takeshi Kitano, y la hiperrealista
visión de ella en los trabajos de ese entomólogo que
es Michael Haneke. No parece preocuparle por ahora a Park Chan-wook
el trabajo estético de la violencia, ya que prefiere estudiar
lo que se esconde tras ella, ese progresivo proceso de derrumbamiento
emocional que deshumaniza paulatinamente a sus dos principales personajes,
que terminan convirtiéndose en la misma cara de la moneda,
mostrado en una de las últimas secuencias donde la labor del
montaje iguala a ambos, cada uno esperando en la morada del otro para
ajusticiarlo. Ni siquiera las sucintas gotas de humor negro que salpican
la narración consiguen aliviar el dolor, al contrario, actúan
como intensificadores de la agonía, como una pizca de sal que
se introduce en una herida abierta.
En
su libro "Estudios sobre la histeria", un joven
Sigmund Freud escribía que "la venganza es la manera
mas extrema de descargar los afectos, de reaccionar ante un suceso
afectante y evitar su represión por parte del ser humano (…)
La reacción del dañado frente al trauma solo tiene en
verdad un efecto plenamente catártico si es una reacción
adecuada, como la venganza" [3].
Desde luego hay poco de estas reflexiones de Freud en Sympathy
for Mr. Vengeance, donde la consumación del acto nunca
es satisfactoria. Su motivación no atiende a un plan previamente
pergeñado, sino que es fruto de una pulsión visceral,
de la mera irracionalidad humana. Viéndose arrastrados por
un torrente emocional, la conciencia de sus protagonistas se nubla,
ahogándose en un manantial de desaforadas desgracias que conllevan
a la autodestrucción. Nada mejor lo ejemplifica que la frase
proferida por Dong-jin a su homónimo durante el particular
ajuste de cuentas en el lago: "sé que eres un buen
hombre, pero tengo que matarte". Porque en definitiva, sus
protagonistas siguen siendo marionetas, no muy diferentes a las heroínas
vejadas de las películas de Lars Von Trier, que tras su aparente
naturalismo, se esconde la artificiosidad del creador, del titiritero,
más evidente en el caso de Chan-wook en la posterior Old
Boy.