Sympathy for Lady Vengeance es la firme constatación de la grandilocuencia de Park Chan-wook, de su elevado ego. La búsqueda insaciable por superar lo insuperable, por ir más allá de lo probado, perjudica inevitablemente a una historia que dada su elevadísima dramaturgia, hubiera necesitado otro enfoque. Si en Cut, la artificiosidad acompaña de la mano a una puesta en escena "granguiñolesca", y se advierte simplemente un afán por experimentar dentro de los parámetros lúdicos que sustentan el relato, en Sympathy for Lady Vengeance, la narración se le escapa de las manos a su realizador dado su profundo enquistamiento en la composición visual. Solo el riesgo de aquel que busca –como ya comenté antes- el "bigger than life" explica una estructura tan deslavazada, fragmentada en múltiples flashbacks que obligan al director a tirar del, a menudo, discursivo recurso de la voz en off, para administrar una coherencia a lo que cuenta. De esta manera, Sympathy for Lady Vengeance adquiere por momentos tintes de impostura, de desvarío autoral, donde lo formal termina ahogando a la historia, y, lo que es peor, donde se aprecia que más allá de un afán de experimentación con el lenguaje cinematográfico, Chan-wook prefiere establecer un simple juego con el mismo. Algo a lo que tampoco ayuda la presencia de la mayoría de actores, tanto principales como secundarios, de sus largometrajes previos. Lo que podría interpretarse como un ajuste de cuentas con el resto de sus "vengadores" [8]–tanto el sordomudo y el padre de Sympathy for Mr. Vengeance, como el Oh Dae-su de Old Boy, son ajusticiados en este film- deriva en un simple guiño complaciente, en un reencuentro con sus actores "fetiches", algunos de los cuales representan a personajes vagamente caracterizados que poco o nada aportan al argumento, y que obligan al desarrollo de huecas líneas de fuga.

Para la conclusión de su trilogía, Park Chan-wook cede el protagonismo por primera vez a una mujer, Lee Geum-ja, que es acusada de secuestrar y asesinar a un niño de cinco años, y que, tras permanecer trece años entre rejas, planifica una dolorosa venganza contra aquel que la obligó a incriminarse. Nietzsche decía que "en la venganza como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre", y Lee Geum-ja es el paradigma de esta afirmación, una mujer manipuladora, gélida y obsesiva, que traza un maquiavélico plan desde su entrada en prisión, escudándose en una pose penitente, en un acercamiento hipócrita a la religión. Sus aparentes actos altruistas hacia el resto de las reclusas, guiados por el intento de una falsa expiación, le sirven para que éstas le ayuden tras su liberación a completar las piezas de su maquinaria. El hermetismo con el que la actriz Lee Yeong-ae dota a su personaje, la convierte en un ser privado de emociones, que no duda en disparar a sangre fría a un pequeño cachorro para comprobar su ira, movida por una cierta esquizofrenia religiosa al escindirse entre un profundo sentimiento de odio y una tardía inclinación a la redención de sus pecados.

Esa doble moral que anida en Lee Geum-ja –parecida a la dualidad de Oh Dae-su en Old Boy, la "bestia" y el hombre- es expresada mediante motivos visuales de color: el blanco y el rojo. Ambos colores son los dominantes a lo largo del relato, el blanco como metáfora de la pureza y del perdón, mientras que el rojo transmite la cólera y el resentimiento, materializándose en diversos objetos físicos como la sombra de ojos de la protagonista, sus tacones, las velas, la recargada habitación donde habita, o la carta que redacta su propia hija. Ayudado por la fotografía del habitual Jeong Jeong-hun, Park Chan-wook muestra una innegable maestría a la hora de componer mediante el color planos bellísimos, que proporcionan al espectador un profundo goce plástico y que conforman una pequeña obra de arte en sí mismos. Igualmente, es también incuestionable la elaboración de admirables secuencias, en ocasiones con un afán meramente esteticista –el asesinato de uno de los secuestradores de la hija, resuelto con un elegante travelling lateral que deja la acción fuera de campo-, y en otras con una gran carga metafórica –el sueño de Lee Geum-ja, donde arrastra lentamente a su enemigo, el cual posee el cuerpo de un perro, a modo de carga que solo se aliviará cuando lo elimine-. Es por ello que Sympathy for Lady Vengeance se puede considerar un film de extremos, donde Park Chan-wook es capaz de lo mejor y de lo peor: desde el arrojo dramático de la secuencia en la cual Lee Geum-ja, escoltada por unos sensacionalistas medios periodísticos, debe recrear el asesinato del niño, hasta las ridículas y risibles escenas que transcurren durante la visita de la misma a Australia en busca de su hija, sin ninguna duda, lo peor que ha rodado en su carrera.

La némesis de Lee Geum-ja es otra de las piezas defectuosas del largometraje. El Sr. Baek, personaje antitético del relato, profesor infantil en su vida pública, y secuestrador y asesino de niños en su vida privada, actúa a modo de simple sparring en la narración. A sabiendas de la imposibilidad de no juzgar a un ser tan detestable, Park Chan-wook y el resto de guionistas intentan humanizarlo mediante el humor negro –las motivaciones materiales de los secuestros-, pero en ocasiones no mide de forma correcta los baremos –cf. la desatinada escena de misoginia [9]-, lo que da lugar a un personaje desdibujado, que ni tan siquiera puede salvar un estupendo actor como Choi Min-sik. El descubrimiento por parte de Lee Geum-ja del resto de torturas y asesinatos cometidos por el Sr. Baek, es el giro de guión necesario para igualar conceptualmente a Sympathy for Lady Vengeance con los anteriores trabajos de Chan-wook.

Como he expuesto antes, tanto Sympathy for Mr. Vengeance como Old Boy se inician con una venganza bajo la cual subyace otra de mayor calado. En esta ocasión, la venganza individual cede el paso a una dolorosa venganza colectiva, cuando Lee Geum-ja convoca a los padres de los niños secuestrados para que decidan sobre el futuro del asesino, en, de lejos, el mejor segmento de la película. Podría pensarse que Park Chan-wook pretende cuestionar el funcionamiento de ciertas instituciones sociales, y su labor en el trato de diversos criminales, pero su discurso no va en esa dirección. De hecho, tal y como apuntaba la experta en cine surcoreano Darcy Paquet en su crítica del film, los paralelismos con largometrajes como M, el vampiro de Dusseldorf (M. 1931) o Furia (Fury. 1936), ambos de Fritz Lang, surgen de manera inevitable, pero al contrario que Lang, Chan-wook no procura buscar el análisis sociológico ni juzgar el peligro de la masa enfervorecida, sino que percute en su obsesión por intentar descubrir que se esconde detrás de la venganza, y hasta que punto es capaz de satisfacer al individuo. El surcoreano consigue, de manera oportuna, distanciarse de la acción, mediante un estilo frío, esta vez sí, desprovisto de artificios innecesarios, y por ello los momentos de mayor hondura dramática –cf. el visionado de las cintas que muestran las torturas a las que se sometieron los niños- no compungen, no duelen. Asimismo, mediante inteligentes ideas de puesta en escena, Chan-wook reincide en su habitual ambigüedad –el encuadre frontal que acoge a todos los familiares: ¿verdugos o acusados?-, así como las hirientes gotas de humor negro que proyectan las miserias morales de sus personajes –la, a posteriori, secuencia en la pastelería donde los familiares escriben sus cuentas bancarias para cobrar el dinero de los respectivos rescates-. Ni siquiera el näif epílogo nevado consigue salvar a su protagonista, y revela –de la misma manera que en Old Boy- la quimera de la redención. [10].

La pérdida de la inocencia, esbozada en una filmografía donde sus "vengadores" son personas sencillas que deben tomar decisiones irreparables, empujados por circunstancias extremas que les obligan a perder su humanidad, trae consigo una postrera sensación de abatimiento, de una frustrante incapacidad por recuperar lo irremplazable, en definitiva, la imposibilidad de volver a ser la misma persona. En el cine de Park Chan-wook, la venganza no sería más que la continuación de un círculo vicioso, un acto que engendra una espiral inabarcable de violencia, y que de acuerdo con la visión de este director surcoreano amante de Stendhal, Dostoievski y Kafka, es tan humano como estúpido, tan liberador como esclavo, tan ilógico como muchas veces, necesario.


[8] Del mismo modo que la idea original de Sergio Leone en Hasta que llegó su hora (C'era una volta il West. 1968), cuyo objetivo era reunir en la primera secuencia de la película a sus tres protagonistas de la "trilogía del dólar" –Clint Eastwood, Eli Wallach, y Lee Van Cleef- para "saldar cuentas" con su pasado.

[9] Lamentable secuencia donde el Sr. Baek ultraja a una mujer, que Park Chan-wook desdramatiza hasta límites exclusivamente estéticos, al introducir de forma muy inoportuna los rótulos de la reclusa, que explican el tiempo que ha estado en prisión

[10] En la, por otra parte, ingeniosa analogía entre la frase pronunciada por Lee Geum-ja con anterioridad –"pequeñas penitencias para pequeños pecados, grandes penitencias para grandes pecados"- y el acto final, donde la hija come un pequeño trozo de tarta (blanca) mientras que la "pecadora" hunde su cara en ella.

[7/7]