En el año 2000, Oxide Pang dirige su siguiente película junto a su hermano Danny, y no es otra que la exitosa Bangkok Dangerous, ganadora del Premio Fipresci en el Festival de Toronto, una interesante y oscura cinta de acción protagonizada por un asesino a sueldo sordomudo, muy influenciada por el cine de Hong Kong. La planificación de las escenas de acción recuerda sobre todo a John Woo, y el montaje a algunas obras de Wong Kar-wai, como As Tears Go By o Fallen Angels. Haciendo uso de numerosos recursos visuales, la película va cogiendo ritmo progresivamente y el último tramo se vuelve vertiginoso, desembocando en un portentoso final. Con este film, y sobre todo con el siguiente, The Eye, los hermanos Pang recorren con éxito festivales de todo el mundo, y se convierten en dos de los directores más celebrados por el público fuera de Tailandia.

Tears Of The Black Tiger (2000) también alcanza gran reconocimiento fuera del país (es una de las pocas películas tailandesas que han llegado al siempre atrasado mercado español), siendo proyectada con éxito, en varios festivales internacionales. Sasanatieng plantea en esta historia de amor y venganza, un homenaje a las antiguas películas de género que tanto gustaban a la población en los años cincuenta, y en concreto, al director Rattana Pestonji, máximo exponente de la época. Pero no se contenta con imitar ese estilo, sino que dilapida y reinterpreta los códigos genéricos del western y el melodrama, a través de una mirada paródica y posmoderna, exagerando la simpleza de los diálogos y la expresividad de los actores, y saturando de color los decorados y las vestimentas. La escena inicial, en la que asistimos a la repetición de un tiroteo imposible, tras preguntarnos si queremos saber cómo se hizo, sirve ya como advertencia de que lo que estamos a punto de ver no se ajusta a las reglas habituales del género. El exotismo de sus imágenes, de un marcado carácter retro, herederas del arte pop, lo convierten en un film de culto, tan apasionante como excesivo, y a su director, en una de las principales figuras del nuevo cine tailandés.


En busca de las raíces

Durante la primera mitad de la década de los noventa, Tailandia experimentó un crecimiento económico deslumbrante, al igual que otros países del sudeste asiático, como Singapur o Taiwán. Los salarios aumentaron, el coste del suelo se duplicó y hubo una significativa migración de la población del campo a las ciudades. Pero en el 97 la situación desembocó en una crisis económica que sumió en la incertidumbre a todo el país. Los sueños de progreso se derrumbaron. El suicidio se convirtió en la única salida para muchos empresarios. Frente a esta desoladora situación, el pueblo tailandés parece intentar retornar a la situación anterior, a lo tradicional, regresar a los orígenes en busca de la identidad nacional cuyas raíces se encuentran en la agricultura y en el mundo rural. Una búsqueda que se ve acompañada del ensalzamiento del sentimiento nacionalista como reacción frente al proceso colonizador de occidente en este mundo altamente globalizado. Incluso el gobierno parece promover esta actitud con sus intentos de limitar la inmigración. "¿Todavía tenemos a nuestro Rey?" se pregunta un joven en la patriotera The Siam Renaissance. "Es lo único que conservamos como nuestro", se lamenta la protagonista. Paradójico reflejo de una sociedad insegura que se examina a sí misma como vía de escape. En este marco, varios críticos tailandeses han hablado de un síndrome de nostalgia por el pasado. El cine histórico surge entonces como un intento por parte de los cineastas de reconstruir ese pasado a través de un elaborado diseño de producción; no importa si se remontan varios siglos en la historia o tan sólo retroceden unas décadas.

Bang Rajan (2000), de Tanut Jitnukul, es un buen ejemplo de ello. Se trata de un film épico, ambientado en el 1765, que narra el enfrentamiento entre el ejército birmano invasor y una pequeña aldea de la antigua Siam, que se resiste a ser doblegada. El coraje y la solidaridad que demuestran los habitantes de este pueblo para proteger al país del enemigo, a pesar del abandono que reciben por parte de la capital, pretenden actuar como desencadenantes de la exaltación patriótica, de la unidad nacional frente a los intentos de colonización y otorgar cierta esperanza a la población tailandesa en un difícil momento económico y político. Espectacular y violento en su desarrollo, el film se sigue con bastante interés, aunque esté algo lastrado por la excesiva duración de las batallas y esa tendencia a imitar la planificación que últimamente frecuenta el cine americano a la hora de encarar los combates. No es precisamente un film realista, pero se agradece al menos un cierto desarrollo de los personajes. El enorme éxito de taquilla alcanzado con este debut, ha permitido a su director continuar por la senda del cine comercial de gran presupuesto, con obras inferiores como Kunpan: Legend Of The Warlord (2002) o Khunsuk (2003).

Pero ese empeño en retornar al pasado no se sustenta únicamente en narrar hechos históricos, ni en dar un visión idílica del fervor nacionalista. También se indaga en la reconstrucción de una época determinada, ya sea los años veinte, los cincuenta o el siglo XVIII; incluso el cine clásico se intenta recuperar a través del homenaje o de la parodia como es el caso de Tears Of The Black Tiger. Y para ello no es necesario apoyarse únicamente sobre lo que entendemos como cine histórico, cualquier otro género cumple la función. Sin embargo, en ocasiones, al no tener como referente aquellas obras debido a que pocas se han conservado, la visión que tienen los directores de aquella época, a pesar de los medios disponibles, queda contaminada por rasgos más modernos. El trabajo de Nonzee Nimibutr es representativo de este caso. Dang Bireley's And The Young Gangsters, un film de gangsters, está ambientado en los años cincuenta; el cine de terror le sirve en Nang Nak para reflejar, con mayor o menor realismo, las costumbres de la sociedad en el siglo XIX. Su tercer trabajo, Jan Dara (2001), un polémico melodrama de alta carga erótica situado también en los años cuarenta y cincuenta, relata el enfrentamiento entre un rico y tiránico padre y su hijo al que odia y culpa de la muerte de su esposa. Las controversias que ha suscitado la película en Tailandia se debe más a la todavía anticuada mentalidad de la sociedad tailandesa que a la escasa explicitud de las escenas. Aunque visualmente pueda ser su mejor trabajo, con una notable fotografía de tonos ocres, el director parece más preocupado en mostrar las escenas de sexo que en desarrollar una historia, lo que lo convierte en un film mediocre e inferior a sus anteriores películas. Jan Dara tiene el honor de ser el primer film coproducido por compañías tailandesas y hongkonesas, además de ser la primera película en ser estrenada simultáneamente en varios países de la zona asiática.

Surapong Pinijkhar alcanzó gran prestigio como montador en la década de los ochenta, y posteriormente trabajó para la televisión, realizando publicidad y documentales. Su primer largometraje, The Siam Renaissance (2004), es un ambicioso e imaginativo proyecto lleno aciertos visuales, pero también, de notorias carencias narrativas. Está basado en la popular novela Tawipop, escrita por Tamayanthi, relato de ficción histórica que entremezcla presente y pasado, en el que una joven se convertirá (en su intento por esclarecer el secreto que esconde un extraño documento) en testigo de excepción de los conflictos surgidos entre Siam y los imperios británico y francés a mediados del siglo XIX, en los tiempos del rey Mongkut y Anna Leonowens. El film se constituye como una explícita alegoría sobre la pérdida en las últimas décadas de la identidad nacional en favor de las costumbres occidentales (precisamente en un país que nunca ha sido colonizado), y a la vez, una severa crítica, en tono patriótico, de los errores y la pasividad de la sociedad.

[3/8]